La vacuna antigripal es la principal vía para prevenir la infección o contagio de la gripe. Está compuesta por partes incompletas e inactivadas del virus (virus inactivados), lo que significa que no puede reproducirse en el organismo ni, por tanto, desarrollar gripe. Una vez administrada, el sistema inmune del ser humano comienza a producir anticuerpos en respuesta a la detección de las partículas contenidas en la vacuna o antígenos. El nivel de anticuerpos alcanza un grado adecuado de protección a los 15 días.
La mayor parte de los adultos desarrollan altos niveles de anticuerpos tras una dosis de vacuna. Los anticuerpos únicamente protegen frente a los virus de la gripe similares a los incluidos en ésta. La protección eficaz frente a las cepas contenidas en la vacuna se prolonga durante un tiempo que oscila entre seis y doce meses. Por ello, es indispensable vacunarse anualmente, aun cuando las cepas de la vacuna sean las mismas que el año anterior.




